- ¿Se siente en la necesidad de ayudar a los demás con
sus problemas? ¿Siempre le atraen las personas necesitadas? ¿Trata
siempre de complacer a todos y se siente culpable cuando no lo logra?
- ¿Se entristece cuando las personas no le alagan?
- ¿Usted se preocupa demasiado?
- ¿Habla demasiado y se pregunta por qué no puede mantener
su boca cerrada?
Las conductas de codependencia son bien destructivas.
Cuando aprendemos a depender de Dios llegamos a darnos cuenta que Dios
es nuestra fortaleza, nuestro todo. Ni una persona será capaz de
satisfacer todas sus necesidades ni usted será capaz de satisfacer
todas las necesidades de los demás.
Dios es el único que será lo suficientemente fuerte para
llevar nuestras cargas en la vida. Cuando tratamos de tomar la responsabilidad
de la vida de otra persona, tratamos de jugar a ser Dios. Esto es peligroso
y destructivo para la otra persona y para nosotros.
“Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi
corazón y mi porción es Dios para siempre” (Salmo
73:26).
“Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo
corazón están tus caminos.” (Salmo 84:5).
“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno
ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea
Dios glorificado por Jesucristo” (1 Pedro 4:11).
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