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¿Qué produjo Dios en Abraham que, hallándolo
después, pudo decir de él “Abraham, mi amigo”?
He aquí las bases de una relación única y
maravillosa de un hombre con Dios.
Amistad con Dios
T. Austin-Sparks (1889-1971)
Lecturas: Éxodo 33:11, 2 Cr. 20:7, Isaías 41:8,
Hebreos 11:17-19, Stgo. 2:23.
Hay muchas
cosas asombrosas en la Biblia. Pocas, sin
embargo, lo son más que esto: que Dios deseara
un amigo.
Podríamos
pensar que Dios es capaz de cumplir plenamente
todos sus propósitos sin necesidad de recurrir
al hombre. Lo digo porque es sorprendente pensar
que Dios, en toda su omnisciencia, su plenitud,
su poder creativo, quisiera tener un amigo. Pero
aquí está: “Abraham mi amigo ... el amigo de
Dios”.
Algo único
en la mente de Dios
Esto, queridos amigos, es algo único en la mente
de Dios detrás de sus insondables caminos.
Probablemente en toda la Biblia no hubo nadie
que tuviera mayor razón que Abraham para pensar
que los caminos de Dios eran muy especiales.
¡Cuán extraños le parecían! Y muy pocas veces
ellos fueron fáciles. Casi cada paso, si no cada
paso, le dejaba perplejo. Pero Dios fue guiado
en todos sus tratos con Abraham por ésta única
idea y consideración: tener un amigo, y traer a
un hombre a tal asociación con él que fuera
capaz de hablar de Dios como «mi amigo».
Ustedes saben, naturalmente, que este título y
esta asociación están relacionados particular y
especialmente con Abraham. Hay algunas
expresiones maravillosas dichas acerca de otros
hombres –Moisés, Daniel, “varón muy amado”–,
pero “mi amigo” es el título exclusivo de
Abraham. Para entender esto, hemos de examinar
nuevamente el camino por el cual Abraham fue
guiado y como él llegó finalmente al corazón de
Dios.
Mientras la
vida entera de Abraham es necesaria para la
completa realización de este sublime
compañerismo, es indudable que su consumación
está ligada al incidente que todos conocemos: el
llamado a ofrecer a su hijo Isaac. ¡Piense cuán
preocupado estaba Abraham! ¿Lo llamó Dios para
dejarlo todo, salir de Ur de los caldeos, sin
más que una promesa de llevarle a otra tierra?
Si conociéramos todo, veríamos que no fue un
paso pequeño, porque hay razones para creer que
Abraham era un hombre próspero e importante en
Ur. ¿Le guió Dios a salir? ¿Le prometió un hijo,
y luego desapareció y lo abandonó sin cumplir su
promesa? ¿Le ató Dios más encima su vida
completa con aquella promesa y con aquel hijo?
La misma
justificación de su salida de aquel antiguo
país, abandonándolo todo, estuvo enfocada y
centrada en ese hijo. La vida entera de Abraham,
la justificación total de su vida, y todo en su
vida, estuvo centrado en él. Todos los mandatos
y toda la guía de Dios a Abraham se remitían a
Isaac. ¿Así Dios llamó, así guió, así prometió?
¿Constituyó a Isaac el vaso exclusivo de su
propósito divino y la explicación y el
significado de todas sus promesas a Abraham,
para que Abraham no tuviese alternativa fuera de
Isaac? Abraham intentó una alternativa y
comprobó que Dios no estaba en ella. Intentó a
través de Ismael, pero comprobó que no era el
camino correcto. No había alternativa para su
vida con respecto a Dios, su conocimiento de
Dios, su historia con Dios, sino Isaac. Si Isaac
no hubiera existido, su fe habría sido en vano,
pues él no tenía nada más. Dios le habría
fallado, y su vida habría sido un fracaso.
Naturalmente,
si Isaac no hubiese existido, o si él hubiese
muerto, habría habido enormes implicaciones. La
implicación obvia es que Abraham había sido
engañado, defraudado, y había seguido una línea
falsa; que Dios se había burlado de él y le
había tendido una trampa. Él había seguido a
Dios confiando de todo su corazón en que esa era
la voluntad divina para él, y se había
comprometido sin reservas con lo que él creyó
era el camino de Dios para su vida. Y todo ello
centrado en Isaac.
Entonces oyó:
“Toma tu hijo, tu único, Isaac, a quien tú amas
... Y ofrécelo” (Génesis 22:2). Queridos
amigos, no podemos imaginarnos lo serio de la
crisis a la que se enfrentó Abraham. ¡Fue algo
terrible para él! Esto podría haber suscitado la
pregunta acerca de qué tipo de Dios era su Dios,
o quién era este Dios a quien él había dado su
vida; y muchas otras preguntas e implicaciones.
Toda su dirección, su consagración, sus largos
años de esperar y deambular, su obediencia fiel;
y ahora, de golpe, ver como si todo se hubiera
roto. Haber sobrevivido a esto, y más aún, de
manera victoriosa, explica lo que significa la
amistad para Dios. Sí, ese es el significado,
pero ¿cómo es eso?
Bien, si esta es
la explicación divina de amistad, y si nosotros
somos llamados a ser participantes de la
naturaleza divina, y Dios está obrando con
nosotros para alcanzar tal relación, esto será a
través de la misma vía. Si usted y yo queremos
acercarnos a esta relación, a esta suprema
relación con Dios, y nuestros corazones
responden a esta sugerencia y proposición para
que Dios pueda ser capaz de hablar de nosotros
como ‘sus amigos’ –y a la luz de esto, sin duda
cada uno dirá: Sí. No hay nada que desee más que
Dios hablase de mí como ‘mi amigo’–, entonces
veamos lo que ello significa.
Lo que ser
significa ser amigo de Dios
En primer lugar, significa un compromiso
absoluto de por vida y con la vida a Dios, sin
reservas y sin alternativas. Abraham no
tenía alternativa. Esta relación, este caminar
con Dios, era el todo o nada, por lo cual había
sido sellado con pacto de sangre. Usted
recordará la ocasión en que fue hecho aquel
pacto. El sacrificio había sido partido en dos.
La mitad fue puesta a un lado y la otra mitad al
otro. Una parte era de Dios, la otra de Abraham.
La sangre fue esparcida, y ellos juntos, en una
verdadera figura, las manos unidas, se movieron
entre las dos mitades. En la sangre de aquel
sacrificio, cada uno se comprometió a sí mismo y
con el otro en términos de sangre, o vida, para
siempre. Dios “se acordó de su pacto”
(Salmo 105:8). El pacto de Abraham con Dios fue
de por vida. En el monte Moriah, Dios tomó la
verdadera vida-sangre de Abraham, pero Abraham
estaba en pie. Estaba en pie sobre la base real
de su relación con Dios. Era un compromiso para
siempre con su vida a Dios, y la consecuencia de
esto fue: “Abraham, mi amigo”.
Estas son cosas
difíciles de decir, y más allá de nuestra
realidad presente, lo sé. Ninguno de nosotros
reclamaría haber alcanzado este punto. Sin
embargo, Dios está obrando en tal dirección.
La amistad, además, significa esto: confianza
en el otro, cuando ni él explica su camino,
ni nosotros podemos entender lo que está
haciendo. Desde luego, esto es la amistad en los
mejores términos humanos. Si hay una amistad
verdadera, un amigo no siempre te explica por
qué toma una cierta determinación, pero tú has
llegado a confiar tanto en él que no exiges
explicación. Estás listo para creer, sin una
explicación, lo que sabes que está haciendo, y
tienes una plena confianza. Esto es la amistad,
aun cuando el otro calle y no diga nada.
Hay una breve
reflexión sobre esto en la vida de Hudson
Taylor. Después de haber estado largo tiempo en
China, lejos de su país y de su esposa, él vino
a casa y su esposa lo fue a recibir al barco.
Tomaron un transporte juntos, y, desde luego,
usted pensaría que inmediatamente ambos
entablarían una amplia conversación acerca de
todo lo sucedido durante los años que estuvieron
separados. ¡Pero ellos hicieron aquel viaje en
absoluto silencio– y ninguno se ofendió! No hubo
palabra entre ellos, pero esta era la profunda
comprensión del verdadero compañerismo. ¡Oh,
algo así pasa con el Señor! Él está silencioso,
y su silencio es la mayor prueba para nosotros.
¿Por qué él no habla? ¿Por qué no actúa? ¿Por
qué no hace algo? Él está silencioso e inactivo,
y parece ser indiferente. Ah, el creerle
entonces es la sustancia de la amistad, un
componente de la verdadera amistad.
“Creyó Abraham a Dios...” Usted ve
que eso está unido con esto otro: el
ofrecimiento de Isaac. Tener confianza en un
amigo cuando él parece ser misterioso, extraño,
inexplicable, incomprensible, reservado,
silencioso, es un componente indudable de la
verdadera amistad. Pero Abraham miró más allá
del presente y de lo inmediato, y dijo en su
corazón: “Esto no es todo. Esta no es la
historia completa. Esto no es el final, porque
no es el final de Dios. ¡Aun si esto es
muerte!” –¡Oh, el maravilloso triunfo de la
fe!– “Aunque tengo que matar al hijo en quien
todo está centrado; sin embargo, Dios es Dios, y
Él puede levantar a los muertos. Aun si Isaac
muere, Dios puede levantarlo. Miro más allá de
la muerte, más allá de la situación presente que
parece estar desprovista de toda esperanza, y
veo a Dios extendiéndose más lejos. Creo a Dios.
No entiendo, y no soy capaz de explicarlo, pero
creo a Dios”.
Fue una gran
prueba, y creo que esto está más allá de nuestra
comprensión, pero tal es la base de la relación
esencial con Dios. ¡Ciertamente este es el oro
de la nueva Jerusalén!
¿Y en cuanto a Isaac? Él era la nueva esperanza,
el eslabón en la cadena de todos los hechos de
la administración de Dios, y la encarnación de
esta amistad.
Jóvenes hermanos y hermanas, ustedes son el
siguiente eslabón en la cadena de los dones de
Dios y del testimonio de Dios sobre esta tierra.
Pongan sus pies sobre el fundamento del eslabón
anterior. Tomen el testimonio de Abraham y tomen
esta posición: “Me someto sin reservas a mi
Dios, de por vida y con mi vida; no como algo en
mí mismo, no comenzando ni terminando conmigo,
sino como un eslabón en esta poderosa cadena de
los siglos.” Si ustedes hacen esto, serán la
nueva esperanza para la siguiente etapa.
Desde luego,
tras la figura de Abraham vemos a Dios el Padre
y al Señor Jesucristo, y sabemos muy bien que
cualquier esperanza nuestra hoy es real porque
Dios levantó a Su Hijo de entre los muertos.
Pero esa no es sólo una verdad concerniente a
Cristo. Es una ley en los designios de Dios a
través de toda la historia, que, si algo es
bautizado en la muerte, en aquel bautismo
continúa la prueba de la relación de corazón con
Dios. Y ese es el punto. Cuando Jesús fue
bautizado en la muerte sobre la Cruz, fue la
prueba definitiva de su relación de corazón con
su Padre. ¡Su corazón se rompió allí; pero,
¡oh!, estamos tan gozosos de que su última
expresión fuera: “Padre, en tus manos...”
(Luc.23:46). ¡Esta es la victoria! ¡Lo es de
principio a fin! Antes, él había clamado: “¡Dios
mío, Dios mío!”, pero ahora dice: “Padre...” Fue
una prueba, la última, la prueba definitiva de
su relación de corazón con su Padre. Y –nótelo–,
cada bautismo en la muerte es eso.
Estamos siendo examinados, amigos queridos –por
profundas y terribles pruebas en la cruz del
bautismo en la muerte–, acerca de dónde están
nuestros corazones; si ocupados en las cosas, o
en Dios; si nuestra vida está ligada a alguna
cosa, o si lo está a Dios.
Vemos que este era el punto con Isaac. Después
de todo, se ha confirmado que Abraham fue ligado
con mucho más que con Isaac, ya que había sido
ligado con Dios. “¡Bien! –dijo Abraham– Todo
pareció haber estado centrado en Isaac, pero si
Isaac se va, todavía tengo a Dios”.
¿Con que está
ligada nuestra vida? ¿Con cosas? ¿Con la vida
del trabajo? ¿Con qué? Seremos probados en
cuanto a si es el Señor quien rige nuestro
corazón. Si es así, no vamos a luchar por
nuestros propios medios, nuestras propias metas,
nuestros propios intereses o nuestras propias
ideas, incluso en la obra de Dios. Es el Señor
quien tiene que tomar la preeminencia por sobre
todas las cosas, y sobre nosotros. Tal es la
posición que Isaac personificó con Abraham.
¡Oh, queridos amigos, procuren que así sea su
corazón para su Señor! Si lo es, ustedes tienen
las bases de este glorioso final: “¡Mi amigo, mi
amigo!”. ¿Vale la pena? Ciertamente sí, y que Él
pueda decir al final: “¡Entra, mi amigo!”
***
De «A Witness and A Testimony», 1971
(Traducción: Esmérita Verdejo de Canales). |